Mis abuelos deben estar orgullosos. Tres hijos, trece nietos, veintiséis bisnietos. Sé que desde donde estén hoy nos vieron festejar la despedida de soltera de mi prima menor.
4 de la tarde. De a poco fueron llegando, sólo los primos, sin chicos, “con una bebida y algo para el té”; como era la consigna. Nos saludamos como siempre, abrazos, besos, risas. Compartimos anécdotas, recuerdos, historias. Y como la prima mayor los miré. Cada uno con su historia personal, cada uno con sus aciertos y desaciertos, cada uno con su vida organizada o no. Y sin embargo algo teníamos todos en común, algo intangible, algo que va más allá de si estamos o no de acuerdo en política, religión, educación de los hijos… Me sentí en casa. Me sentí como cuando los domingos íbamos a almorzar a lo de mis abuelos y dábamos vuelta los sillones para hacer una casita, o tapábamos la rejilla de patio y lo tratábamos de llenar de agua para hacer una pileta, o abríamos el ropero y nos disfrazábamos para después hacer un show para los grandes. Me sentí rodeada de afecto, de cariño, de amor que no pide nada a cambio.
No siempre las familias son así. Ni así de numerosas, ni así de espontáneas, ni así como la mia…

No hay comentarios:
Publicar un comentario